Beethoven se baila

Beethoven se baila

«Dancing Beethoven» comienza con su narradora, Malya Roman, poniendo rumbo a una ciudad que respira ballet, Lausana (Suiza)­. La misma en la que creció. De pronto, durante la presentación de los motivos de su viaje/rodaje, el tren se detiene: una persona se ha tirado a las vías a su paso por Nyon. Algo medianamente habitual en un país que registra 300 sucesos al año de este tipo. Quien también pensó en quitarse la vida, de otro modo, fue uno de los culpables del largometraje: Ludwig van Beethoven (Bonn, 1770-Viena, 1827). Tocado por una sordera que sabía incurable escribió ya rendido: «Oh Providencia, haz aparecer un solo día ante mis ojos un día de alegría».

En ésas surgió como inspiración la «Oda a la alegría» escrita en 1785 por Friedrich von Schiller (1759-1805). Ocho años después de aquello, el compositor la conocería para hacerle cambiar de opinión y, pronto, querría llevarla a la partitura –aunque todavía tardaría tiempo en darle una forma que no llegaría a escuchar jamás–: «Hace 54 años, mi madre acudió al médico. Se encontraba en el segundo mes de embarazo y su marido era alcohólico. Tenía afección sifilítica y uno de sus hijos era retrasado mental. Además, en la familia había varios sordos. El médico decretó la interrupción del embarazo, pero mi madre se negó. Siete meses más tarde nací yo. Hoy, en 1824, en Viena, estreno mi ‘‘Novena Sinfonía’’, mi canto personal a la alegría de vivir».

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