Guillermo del Toro, un «león» de fábula

Guillermo del Toro, un «león» de fábula

En una ceremonia que parecía durar lo que todo el festival por culpa de decenas de premios de secciones paralelas y las traducciones al italiano de todos y cada uno de los discursos de los galardonados, el jurado presidido por Annette Bening –con la ausencia de Rebecca Hall por asuntos personales– otorgó ayer el León de Oro de la Mostra a «La forma del agua», de Guillermo del Toro, que, visiblemente emocionado, se convirtió en el primero de los cineastas mexicanos de su generación –a la izquierda, González Iñárritu; a la derecha, Alfonso Cuarón– en ganar la máxima recompensa en uno de los tres certámenes del Grand Slam.

La elección era de puro consenso: «La forma del agua» gustó a todo el mundo, a prensa y a público, y su reconocimiento en el palmarés afianza el ojo de Alberto Barbera para que la Mostra se convierta en la plataforma de lanzamiento de las películas que van a dar que hablar en los Oscar. Que esta parábola sobre el poder del amor en la diferencia, que Del Toro viste con las galas líquidas de la metáfora política sobre estos tiempos tan intolerantes, haya ganado el máximo es una gran noticia: por fin una película de género demuestra –«El laberinto del fauno» lo podría haber hecho en el Festival de Cannes– que puede competir con la cabeza bien alta contra el cine de línea dura.

El Gran Premio del Jurado, «Foxtrot», del israelí Samuel Maoz, representa precisamente ese cine de autor, también con aliento de alegoría política, que acata las exigencias –pedantes, pretenciosas, pomposas– de la filosofía de los premios festivaleros. Maoz también parecía hablar con la voz temblorosa, pero nada comparado con el llanto de Xavier Legrand, que ganó el Oso de Plata al mejor director y el premio a la mejor ópera prima por su notable «Jusqu’à a la garde», sensible acercamiento al espinoso tema de la violencia doméstica.

Justos y previsibles

Inesperado, no obstante, fue el premio al mejor actor para Kamel El Basha, uno de los protagonistas de la libanesa «The Insult», aunque su discurso fue entrañablemente honesto. Admitió que era actor de teatro, que era su primera película como protagonista, y que buena parte del mérito se lo debía a la dirección de Ziad Doueiri. Los demás galardones fueron tan justos como previsibles: el dramaturgo Martin McDonagh había escrito el mejor guión («Three Billboards Outside Ebbing, Missouri»); Charlotte Rampling, que destacó que su carrera no sería nada sin Italia (cito a Visconti y Cavani, con los que se hizo famosa en los años setenta), fue la mejor actriz por la magnífica «Hannah»; y el joven Charlie Plummer, que está espléndido en «Lean on Pete», fue el mejor actor emergente. Celebramos también que el notable western australiano «Sweet Country», que parecía predestinado a pasar desapercibido, se llevara el Premio Especial del Jurado. Y unas palabras para el de la sección Orizzonti, capaz de lo peor y lo mejor, o, lo que es lo mismo, de premiar a un filme tan convencional como «Nico, 1988» y a un documental tan radical como «Caniba».

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