Jonathan Demme: un cara a cara que cambió el «thriller»

Jonathan Demme: un cara a cara que cambió el «thriller»

N ada hacía presagiar que aquel chico salido de la factoría de Roger Corman en los 70, que se había iniciado en la dirección con productos de «sexploitation» como «La cárcel caliente» (1974), estaba llamado a reconfigurar el género del «thriller» con una cinta inusual que no sólo se ganaría el favor del público sino que conquistaría por completo a los exigentes y a menudo conservadores académicos de Hollywood. Aquella película era «El silencio de los corderos» (1991) y su director, Jonathan Demme, fallecido ayer en Nueva York a consecuencia de un cáncer del que se venía tratando desde 2010.

Los 90 serían, sin duda, su década, después de que en los años precedentes probara fortuna en la comedia de enredo con «Chicas en pie de guerra», «Algo salvaje» (que supone la primera aparición en cine de Melanie Griffith) y «Casada con todos». Fue entonces cuando cayó en sus manos el guión que Ted Tally elaboró de la novela de Thomas Harris, que el propio escritor había adelantado a Tally, amigo suyo, incluso antes de publicarse. Ese era el germen de lo que sería «El silencio de los corderos», pero lo primero que encontró Demme fueron negativas: Michelle Pfeiffer, con quien había trabajado en «Casada con todos», y Gene Hackman decidieron no participar al considerar sus papeles «demasiado violentos». Recogerían el guante Anthony Hopkins y Jodie Foster como el lascivo, inteligente, astuto Hannibal Lecter, el caníbal, y la joven inspectora del FBI Clarice Starling, una de las primeras heroinas del cine de género, encargada de rastrear a un asesino en serie con la ayuda del retorcido Lecter.

Los cara a cara de ambos, en planos cerrados, asfixiantes, la propia crudeza de los diálogos y algunas imágenes icónicas (la autopsia, la máscara de Hannibal) y ese «ten con ten» profesional de dos actores que a partir de ahí impulsarían definitivamente sus carreras, fueron los ingredientes principales que contribuyeron a crear un fenómeno alrededor de este filme, que logró recaudar 272 millones respecto a los 19 que había costado. Aquel mismo año, en la gala de los Oscar, cosechó las cinco estatuillas más importantes: película, director, actor, actriz y guión, un hito que antes sólo habían logrado «Sucedió una noche» (1934) y «Alguien voló sobre el nido del cuco» (1975).

«El silencio de los corderos», un suspense cercano al terror e incluso a la serie Z y al gore (ahí está la huella de los inicios de Demme con Corman), rompía los esquemas clásicos del «thriller» y abría una década de cine perturbador y provocador, con el tema de la dominación, la lascivia, la carnalidad más a flor de piel que nunca. Demme no lograría nunca más un éxito tan unánime, aunque en su siguiente filme, «Philadelphia», conectó con una gran preocupación generacional por el sida y la homosexualidad, siendo la primera película en sacar del silencio esta enfermedad. Aquella cinta logró dos Oscar: mejor actor para Tom Hanks y mejor canción original para la recordada «Streets of Philadelphia» de Bruce Springsteen.

LA música, su otra pasión

Precisamente la música fue otra de las grandes pasiones de Demme. Su trabajo como documentalista en este ámbito es notable, con cintas como «Stop Making Sense», sobre Talking Heads, y otras tres películas entorno a Neil Young. Su última incursión tras la cámara fue para documentar el concierto «Justine Timberlake + The Tennessee Kids», en 2016, y un año antes había enfundado a Meryl Streep en una chaqueta rockera para protagonizar la comedia «Ricki». La televisión fue un refugio en los años en que su actividad en lo alto de la industria empezó a declinar. Cintas como «Beloved» (1998), «La verdad sobre Charlie» (2002), «El mensajero del miedo» (2004) y «La boda de Rachel» (2008) completan una filmografía marcada por el éxito de «El silencio de los corderos».

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