Retrato inacabado de una América cruel

Retrato inacabado de una América cruel

Cuando Clooney pisa suelo veneciano, parece que todos los italianos estén dispuestos a gritar «¡Ave, César!». Italia es su país de acogida, aquí pasa sus vacaciones y toma Nespressos a orillas del lago Como. No es extraño, pues, que la rueda de prensa de su última película como director, «Suburbicon», que ayer competía en la Mostra, estuviera hasta la bandera. Llegó para decirnos que ha descubierto la sopa de ajo o, para el caso, la América de los suburbios, construida sobre las ruinas de la bomba atómica y la prosperidad prometida a todos aquellos que volvían de la Segunda Guerra Mundial dispuestos a ser más felices que sus vecinos. Ahí nacieron las casas pareadas, lejos de las ciudades, que dispararon las ventas de automóviles y convirtieron la televisión en el corazón del entorno doméstico. Clooney sostiene que lo que pretendía en «Suburbicon» era sacar a la luz los esqueletos enterrados en el Jardín del Edén de la era Eisenhower, como si «Revolutionary Road», la novela que Richard Yates publicó en 1961, no hubiera existido nunca, como si los cuentos de John Cheever no hubieran sido escritos en la misma época, como si películas como «La jauría humana» o «Terciopelo azul» nunca se hubieran estrenado. Esto es, el presunto «descubrimiento» de «Suburbicon» tiene más de sesenta años de vida; es decir, Clooney llueve sobre mojado. Tiene sus motivos, su regresión es oportuna, porque el modelo de sociedad y economía soñado por Trump siente nostalgia por esa época. En un momento en que se proclama que hay que hacer grande a América otra vez, a Clooney le parece pertinente comprobar si algún día fue tan grande como la pintan. Lo viejo es, por tanto, nuevo.

Antes de ser «Suburbicon», la película empezó explorando la experiencia de los Meyers, la primera familia afroamericana que compró una casa en un suburbio de clase media-alta, concretamente en Levittown, provocando la reacción inmediatamente xenófoba de sus sonrientes vecinos.

El enemigo interior

Cuando Clooney recordó que los Coen le habían enseñado un guión titulado «Suburbicon», allá por finales de los noventa, protagonizada por un pater familias de los suburbios capaz de cometer los crímenes más atroces, le pareció que podía ser una buena idea unir las dos tramas. «Crecí en el sur, con el movimiento de derechos civiles contra la segregación», explicó Clooney. «Las recientes revueltas raciales demuestran que aún nos queda mucho trabajo por hacer». Por eso «Suburbicon» quiere poner sobre la mesa que el enemigo de América no está en el exterior, y mucho menos en las minorías. «Si les culpas de la crisis, es que estás mirando en la dirección equivocada. Los blancos que pierden sus privilegios son la causa de todo», concluyó.

En el filme, por tanto, hay dos películas en una: la de talante liberal de Clooney –la que nutre sus mejores títulos como director: «Buenas noches, y buena suerte» y «Los idus de marzo»– y la de espíritu cínico, sangrante, de los Coen. Nunca acaban de llevarse bien, aunque el aliento de esperanza ante tantas tinieblas se plasme en una imagen –la de un niño negro y uno blanco jugando al béisbol después de la catástrofe– que intenta unirlas con cemento armado. Lo que prevalece es, y no haremos «spoilers», una revisitación suburbana de «Fargo», con algunas gotas del esperpento de «Quemar después de leer». No obstante, Clooney no parece estar preparado para emular la compleja fluctuación de tonos del cine de los Coen, y la primera parte de la película se resiente de una notable falta de fluidez, como si estuviera jugando a un juego del que no sabe aplicar las reglas. La rigidez de Matt Damon como padre de familia con una agenda oscura es sintomática. Solo con la entrada en escena de la electricidad estática del magnífico Oscar Isaac, que interpreta al investigador de una compañía de seguros que supera en mala leche la estupidez de sus contrincantes, la película se moviliza, muestra su cara más antipática. «Ahora mismo una nube oscura se cierne sobre mi país. Estamos viviendo los tiempos más rabiosos de nuestra historia, y lo dice alguien que creció con el Watergate», aseguró Clooney. «Estamos enfadados con nosotros mismos, con el país y con lo que ocurre en el mundo. A pesar de ello, aún sigo siendo muy patriota y me considero optimista». Ese optimismo se contradice con la crueldad inherente al cine de los Coen, que tiende a la misantropía y no distingue entre demócratas o republicanos. Los dardos políticos que lanza la película quedan reducidos al absurdo de un relato tragicómico que se contenta con dejar un reguero de sangre tras de sí. Pero al menos, en ese nihilismo, la película parece encontrar un tono y un mensaje claros: América es un país idiota, con o sin Trump.

El israelí Samuel Maoz también está enfadado. Aún le persigue el trauma de haber participado en la guerra del Líbano, en 1982, cuando estaba acabando el servicio militar y disparó a su primera víctima. Con «Lebanon», con la que ganó el León de Oro en 2009, empezó a ajustar cuentas con su pasado. Con «Foxtrot», que ayer competía en la Mostra, sigue en sus trece. A la concisión claustrofóbica de su ópera prima le corresponde una estructura tripartita, de estilo tan errático como pretencioso, que gira, cómo no, alrededor del absurdo de la guerra en una sociedad tan militarizada como la israelí. En la primera parte vemos la veloz disolución de una familia al recibir la noticia de que su hijo ha muerto en primera línea de fuego. En la segunda, que parece una obra de Ionesco, los protagonistas son cuatro soldados –uno de ellos, el hijo en cuestión– en un puesto de control fronterizo. La tercera nace de la confluencia de las dos primeras, aunque la película, que oscila entre el drama abstracto y la sátira conceptual, no sabe muy bien qué hacer con ellas. A ello contribuye una puesta en escena ampulosa, que no sabe si mirar a sus personajes desde arriba o de frente, cara a cara, y acaba por desenfocarlos

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